El aislamiento aparece como la próxima crisis de confianza

La edición 2026 del Edelman Trust Barometer retrata un giro profundo en el clima social global: el mundo está dejando atrás la etapa de la queja y los agravios para adentrarse en una crisis de aislamiento. En un contexto marcado por la ansiedad económica, las tensiones geopolíticas y la disrupción tecnológica, las personas reducen su universo de confianza a círculos cada vez más pequeños y homogéneos. El resultado es un freno al progreso económico y social.

El estudio plantea que siete de cada diez personas en el mundo se muestran reacias o directamente no dispuestas a confiar en quienes tienen valores, fuentes de información, enfoques para resolver problemas o antecedentes culturales distintos. Este “modo de confianza aislado” atraviesa ingresos, géneros, edades y geografías, tanto en mercados desarrollados como en economías emergentes. La desconfianza se ha vuelto el reflejo por defecto: solo un tercio afirma que la mayoría de la gente es confiable.

Este repliegue hacia lo familiar tiene consecuencias visibles. La investigación detecta un consenso global sobre el problema: la mayoría cree que, en sus países, la desconfianza hacia quienes son diferentes ha llegado a tal punto que las personas actúan activamente para perjudicarse entre sí. El aislamiento, lejos de ofrecer seguridad, estrecha el horizonte, endurece posturas y vuelve casi imposible la cooperación.

El estudio también documenta un deterioro del optimismo. A escala global, apenas 32% cree que la próxima generación estará mejor, con caídas especialmente pronunciadas en India y China. En los mercados desarrollados, la cifra es aún más baja. Esta pérdida de fe en el futuro alimenta la resistencia al cambio, desde el rechazo a la inteligencia artificial —más de dos a uno en países como Estados Unidos, Reino Unido y Alemania— hasta el bloqueo de iniciativas de largo plazo como la acción climática, desplazadas por urgencias económicas inmediatas.

El nacionalismo económico es otra expresión del aislamiento. En varios países crece la preferencia por marcas domésticas frente a multinacionales, mientras se debilita el respaldo a acuerdos globales y se reconfiguran las cadenas de comercio. En paralelo, se profundiza la brecha de confianza por ingresos: desde 2012, la distancia entre grupos de altos y bajos ingresos se duplicó a nivel mundial. Estados Unidos exhibe hoy el mayor diferencial, con 29 puntos, reflejo de temores persistentes sobre movilidad social descendente y pérdida de empleos.

En este escenario, el Barómetro identifica una paradoja: la confianza no desapareció, se volvió local. Las personas confían en su empleador, su CEO y su círculo social, incluso cuando desconfían de instituciones más amplias. Ese dato abre una vía de acción. El informe propone el “trust brokering” —la intermediación de confianza— como estrategia y conjunto de habilidades para tender puentes en la era del aislamiento.

Intermediar confianza no implica forzar consensos ni cambiar identidades, sino encontrar intereses comunes, escuchar sin juzgar y traducir realidades. Es un trabajo de proximidad. Y aquí el estudio advierte que los empleadores están mejor posicionados para escalar esta tarea. Son la institución con la menor brecha entre expectativas y desempeño en materia de construcción de confianza y gozan de una relación directa y cotidiana con las personas. Para muchos, el lugar de trabajo se ha convertido en el espacio más seguro para discutir temas difíciles, porque existen reglas compartidas y consecuencias tangibles.

El rol del sector privado es, por lo tanto, ineludible. Si no se aborda, el aislamiento erosiona la productividad, mina el liderazgo y endurece la resistencia a la innovación. Frente a un mundo fragmentado, las empresas globales deben evolucionar hacia modelos polinacionales: invertir en relaciones locales de largo plazo, otorgar mayor autonomía a las filiales y traducir los grandes desafíos —IA, globalización, asequibilidad— en decisiones concretas que mejoren la vida diaria.

El Barómetro también señala nuevas dinámicas de influencia. En redes sociales, las voces confiables pueden abrir puertas cerradas: quienes confían en determinados influencers dicen que considerarían confiar en empresas que hoy desconfían si alguien de su confianza las respalda. En un ecosistema saturado de información, la credibilidad se transfiere por proximidad.

La conclusión es que tras años de erosión institucional y una etapa reciente de agravio, el mundo se encapsula. El costo es alto: menos diálogo, menos innovación y menos capacidad de acción colectiva. Pero hay un camino de salida. Intermediar confianza —desde el trabajo, con liderazgo visible y reglas claras— puede recomponer vínculos, reactivar la cooperación y devolverle a la sociedad una idea compartida de futuro.

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