En el marco del Kick Off 2026 del Consejo Empresario Argentino para el Desarrollo Sostenible (CEADS), su director ejecutivo, Sebastián Bigorito, planteó que la sostenibilidad atraviesa una etapa de “recalibración” marcada por tensiones entre ambición y ejecución, impactos geopolíticos y nuevas dinámicas territoriales que redefinen su rumbo.

Foto: Sebastián Bigorito, director ejecutivo del CEADS, exponiendo en el Kick Off 2026.
Durante su exposición, Bigorito propuso analizar la evolución reciente de la agenda a través de un “ciclo medio” de los últimos 15 años, en lugar de recurrir a hitos históricos más lejanos. En ese período, identificó tres etapas: una fase de expansión, una de impacto y “reset”, y una actual fase de calibración o recalibración.
Durante la llamada “década dorada” —entre 2010 y 2020— la sostenibilidad creció como nunca antes. Pero ese crecimiento tuvo una particularidad: no fue tanto en resultados como en arquitectura. Normas, estándares, marcos de reporte, alianzas e instituciones se multiplicaron a una velocidad que, según el diagnóstico, superó la capacidad real de las empresas para procesarlos. El sistema, en cierto punto, se expandió más rápido de lo que podía sostener.
El efecto fue una brecha persistente entre lo que se prometía y lo que efectivamente se implementaba. En ese vacío, la narrativa ocupó un lugar central. Un relato aspiracional —a veces más cercano al “wishful thinking” que a la ejecución— permitió sostener el impulso, pero también contribuyó a una sensación creciente de desorden. Hacia 2021 y 2022, el mapa era difícil de leer: estándares superpuestos, regulaciones que se solapaban y una proliferación de iniciativas que competían por establecer referencia.
Ese proceso de saturación comenzó a ordenarse de forma incipiente. Pero el contexto global cambió antes de que pudiera consolidarse. La fragmentación geopolítica, los conflictos internacionales y la reconfiguración de las cadenas de valor actuaron como un factor de disrupción. “No fue un retroceso”, sugirió Bigorito, sino algo más profundo: un shock que obligó a resetear la agenda y a buscar nuevas señales.
Esas señales aparecen hoy en un terreno distinto. La sostenibilidad empieza a hablar, otra vez, el lenguaje del negocio. Competitividad, eficiencia, resiliencia y gestión de riesgos resurgen como ejes centrales. No como un cambio de discurso, sino como una reorientación más pragmática, impulsada por un entorno donde la presión competitiva es más intensa y menos predecible.
En rigor, ese vínculo no es nuevo. La relación entre sostenibilidad y desempeño empresarial forma parte del debate desde hace décadas. Pero lo que cambia es su urgencia. En el escenario actual, ya no funciona como argumento conceptual, sino como condición de supervivencia.
Sin embargo, la recalibración no ocurre de manera homogénea. Bigorito introdujo una imagen que resume la complejidad del momento: una agenda a dos velocidades. Mientras a nivel global los estándares buscan ordenarse y converger, en el plano local emergen dinámicas sociales más fragmentadas y menos previsibles.
A diferencia de otros momentos, en los que las tendencias internacionales descendían de forma relativamente lineal hacia los mercados locales, hoy el flujo también se invierte. Surgen agendas “desde abajo”, impulsadas por demandas territoriales que no siempre responden a los marcos globales, pero que tampoco están desconectadas de ellos.
El resultado es una sostenibilidad más heterogénea, donde ya no alcanza con seguir tendencias: hay que interpretarlas en simultáneo. “Microscopio” para entender lo que ocurre en el territorio. “Telescopio” para leer el escenario internacional. Entre esas dos escalas —y esas dos velocidades— se juega, según Bigorito, el presente de la agenda. La recalibración, en ese sentido, no es una pausa. Es un reacomodamiento en tiempo real.


