¿Qué puede aprender Europa de América Latina sobre sostenibilidad y creación de valor?

Tener la oportunidad de trabajar en la intersección entre la regulación europea y los mercados latinoamericanos ofrece una perspectiva sobre el recorrido que tiene hoy la integración de la sostenibilidad en las empresas. Por Joyce Bruce, Senior Manager del área de Sostenibilidad y Cambio Climático de EY España.

Foto: Joyce Bruce, Senior Manager del área de Sostenibilidad y Cambio Climático de EY España.

Durante años hemos asumido que el conocimiento sobre sostenibilidad fluía principalmente desde Europa hacia América Latina. Sin embargo, mientras Europa construía marcos regulatorios cada vez más sofisticados, muchas empresas latinoamericanas se vieron obligadas a responder una pregunta distinta: cómo anclar la sostenibilidad en una decisión de negocio.

En reuniones con equipos directivos latinoamericanos, las primeras preguntas rara vez son sobre estándares de reporte. Son sobre agua, sobre continuidad operativa, sobre acceso a financiación. Esa diferencia ha producido algo valioso, y Europa, en el momento en que atraviesa su propia revisión del contexto regulatorio, puede tener razones concretas para prestarle atención.

Un punto de partida honesto

Para sostener este argumento, conviene comenzar sin idealizaciones.

En 2023, un estudio de EY identificó en América Latina cinco brechas estructurales en materia de sostenibilidad corporativa: bajo nivel de familiaridad con ESG, un enfoque fragmentado que dificultaba la integración con los objetivos de negocio, sistemas de monitoreo incipientes, escasa interacción con grupos de interés por parte de las compañías y poca claridad sobre el valor del reporte. No era una región adelantada sino una región que construía desde cero, sin el andamiaje regulatorio europeo.

Esa realidad es relevante porque nos permite situar correctamente el argumento. Lo que América Latina tiene que ofrecer no es un modelo más avanzado ni un marco más sofisticado. Es algo diferente: una forma distinta de formular la pregunta de partida. ¿Por qué importa integrar la sostenibilidad en el negocio?

La sostenibilidad sin red regulatoria

Cuando no hay una directiva que obligue a medir, reportar y verificar, la pregunta que justifica el esfuerzo no puede ser “¿qué debemos hacer para cumplir con la regulación?”. Tiene que ser otra, más incómoda y desde nuestro punto de vista más útil: “¿por qué nos importa esto?”.

Y esa pregunta, formulada con seriedad en entornos expuestos a mayor volatilidad económica, con mayor exposición directa a riesgos físicos e incertidumbre sobre el acceso al capital, lleva inevitablemente a un lugar diferente.

En las empresas latinoamericanas se habla de agua antes que de divulgación. De continuidad operativa antes que de métricas. De acceso a financiación antes que de requisitos de reporte. De licencia social para operar antes que de cumplimiento normativo.

No es casual. En América Latina, los sectores que concentran mayor actividad económica, energía, minería, agroindustria, infraestructura, manufactura por citar algunos ejemplos, son también sectores de alta exposición a riesgos físicos, sociales y reputacionales. En esos contextos, el valor de la sostenibilidad para la continuidad del negocio la justifica por sí misma.

Y es que los retos que atraviesa la región son complejos. En octubre de 2024, los ríos de la cuenca amazónica alcanzaron niveles mínimos históricos. La sequía interrumpió la generación hidroeléctrica, arrasó cosechas y cortó cadenas de transporte en Brasil, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. En Ecuador, donde más del 70% de la electricidad proviene de centrales hidroeléctricas, los apagones generaron pérdidas estimadas en 1.916 millones de dólares, equivalentes a una caída del 1,4% del PIB, según el Banco Central del Ecuador. Para un equipo directivo en cualquiera de esos países, el agua no puede ser un data point del reporte. Es una variable de continuidad operativa.

En ese entorno, la sostenibilidad aparece, inevitablemente, integrada en decisiones que afectan directamente a la capacidad de una organización para crecer, invertir y producir. No como una función separada y más vinculada al cumplimiento y a la transparencia, sino como una conversación de negocio que ocurre en el comité de dirección y en el consejo de administración.

Cuando la sostenibilidad se percibe como un requisito regulatorio, la pregunta suele ser: “¿Qué debemos reportar?”. Cuando se percibe como una herramienta de gestión, la pregunta pasa a ser: “¿Qué riesgos estamos dejando de ver?”. La diferencia puede parecer sutil y sin embargo, cambia profundamente la naturaleza de las conversaciones y por tanto las decisiones que se priorizan.

Empresas que viven entre dos mundos

Este contraste se hace especialmente visible en las organizaciones que operan en ambos contextos a la vez.

Hay un número creciente de empresas latinoamericanas con matrices o filiales europeas que están obligadas a reportar bajo el marco de la CSRD, pero que al mismo tiempo gestionan operaciones en entornos donde la sostenibilidad tiene que justificarse por razones de negocio. No pueden elegir entre cumplir y ser estratégicas. Tienen que hacer las dos cosas simultáneamente.

Y esa tensión, lejos de ser un problema, produce algo interesante. Estos equipos aprenden, por necesidad, a conectar la exigencia del reporte con la pregunta de fondo que le da sentido: qué riesgos se están gestionando realmente, qué decisiones mejora esta información, qué valor tangible genera todo ese esfuerzo. La obligación de reporte actúa como estructura; el contexto operativo latinoamericano actúa como recordatorio constante de para qué sirve esa estructura.

Lo que eso significa en la práctica lo ilustra bien un tipo de organización cada vez más frecuente: imaginemos una empresa verdaderamente global con origen en Latinoamérica que cotiza en Estados Unidos y tiene obligaciones de reporte en Europa. En este tipo de empresa, el inversor no pregunta por estándares. Pregunta sobre todo por riesgos, por exposición, por resiliencia. Cuando ese encuadre llega a la mesa del equipo directivo, algo cambia. La conversación sobre sostenibilidad deja de ser una cuestión de plazos y formalidad. Se convierte en una cuestión de prioridades. Y con esa conversación cambia también algo más difícil de conseguir: la disposición real a comprometer tiempo, recursos y atención directiva.

Trabajar de forma integrada entre España y América Latina nos permite precisamente eso: trasladar a nuestros clientes en ambas latitudes perspectivas que no existen cuando se opera en un solo contexto. La colaboración entre equipos que gestionan simultáneamente el marco regulatorio europeo y la realidad del negocio latinoamericano no es una aspiración organizativa. Es un diferencial de conocimiento. Y ese conocimiento es más robusto precisamente porque se construye en la tensión entre dos mundos.

Cómo evolucionó América Latina entre 2023 y 2026

En tres años, la región pasó de construir desde cero a marcar el ritmo de la convergencia global.

Brasil estableció la adopción obligatoria de los estándares ISSB para empresas cotizadas a partir de enero de 2026, tras un período voluntario iniciado en 2024. México hizo lo mismo mediante resolución de la CNBV en enero de 2025. Chile confirmó su aplicación obligatoria ese mismo año para entidades cotizadas, después de varios años construyendo capacidad a través de TCFD y SASB. Costa Rica adoptó los estándares con aplicación voluntaria desde 2024 y obligatoria escalonada a partir de 2027. En Colombia, aunque el mandato no es aún obligatorio, empresas como Bancolombia, Grupo Nutresa y Ecopetrol ya aplican voluntariamente los marcos precursores del ISSB.

Según la IFRS Foundation, a septiembre de 2025 siete países latinoamericanos han adoptado o están tomando pasos concretos hacia los estándares ISSB.

La región no llegó tarde a esta conversación. Llegó desde un lugar diferente.

En Brasil y México, además, la adopción de ISSB ha venido acompañada de esquemas de aseguramiento razonable obligatorio para los próximos ciclos de reporte. Es una señal significativa: cuando un mercado exige que la información de sostenibilidad sea verificada con el mismo rigor que los estados financieros, está reconociendo que esa información tiene consecuencias reales sobre las decisiones de inversión.

En Europa, el Paquete Ómnibus ha eliminado la posibilidad de avanzar hacia el aseguramiento razonable, manteniendo el limitado como único nivel obligatorio. Es una decisión comprensible en términos de carga regulatoria. Pero conviene no confundir la obligación con el valor. El aseguramiento razonable no es principalmente un nivel de cumplimiento más exigente. Es la diferencia entre tener información de sostenibilidad y poder confiar plenamente en ella para tomar decisiones. Un consejo que quiere integrar la sostenibilidad en su estrategia necesita datos sobre los que pueda actuar con seguridad. El aseguramiento razonable es lo que convierte esos datos en una base fiable para decidir.

Lo relevante no es únicamente la convergencia regulatoria. Es la lógica que la impulsa. En todos estos casos, la adopción de estándares internacionales se ha justificado explícitamente como una herramienta para dar al mercado información comparable y fiable sobre riesgos y oportunidades: para atraer capital global, fortalecer la posición competitiva y mejorar la calidad de las decisiones de inversión. La información de sostenibilidad deja de ser una obligación para convertirse en una señal al mercado. Y una señal al mercado es, antes que nada, una decisión de negocio.

Ese desplazamiento, de la divulgación como obligación a la información como inteligencia empresarial, es exactamente lo que muchas organizaciones europeas llevan años intentando hacer, con desigual éxito. La diferencia es que en América Latina no ha sido el resultado de un proceso de maduración posterior al compliance. Ha sido la condición de partida.

El momento europeo tras el Paquete Ómnibus

El Paquete Ómnibus ha reducido significativamente el alcance de la CSRD. Menos empresas en scope, estándares simplificados, plazos extendidos. Para muchas organizaciones europeas, la pregunta inmediata es qué queda cuando se alivia la presión del compliance.

La respuesta latinoamericana es directa: lo que queda, y lo que siempre debió ser central, es el argumento de negocio.

El riesgo hídrico no desaparece cuando se simplifica un estándar. La exposición a disrupciones en la cadena de suministro no se reduce porque haya menos puntos de divulgación obligatorios. La presión de los mercados de capital sobre la calidad de la información de sostenibilidad no se detiene porque la regulación retroceda.

Las organizaciones que han construido su enfoque de sostenibilidad sobre una base regulatoria exclusivamente pueden encontrarse ahora en un momento de desorientación. Las que lo han construido sobre una lógica de resiliencia tienen una base más sólida. Y esa distinción es la que determinará quién está mejor posicionado para crear valor en la próxima década.

El riesgo de confundir reporte con transformación

Durante años, el éxito de la agenda europea de sostenibilidad se ha medido en gran parte por la capacidad de las organizaciones para producir información más completa, comparable y verificable. Ese avance ha sido extraordinariamente valioso. Ha creado infraestructura, ha generado datos que antes no existían y ha obligado a conversaciones que de otro modo no habrían ocurrido.

Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto hemos utilizado el reporte como indicador de madurez organizativa?

La capacidad de divulgar información no es equivalente a la capacidad de gestionar los riesgos y oportunidades que esa información revela. Una organización puede producir un informe de sostenibilidad técnicamente impecable y al mismo tiempo no haber modificado una sola decisión de inversión, una sola prioridad operativa, una sola conversación en el consejo. El reporte existe. La transformación, no necesariamente.

Esto conecta con algo que la regulación, por bien diseñada que esté, no puede resolver por sí sola: el juicio directivo. La CSRD puede obligar a una empresa a identificar sus impactos materiales. No puede obligarla a actuar sobre ellos con inteligencia estratégica. Ese paso, el que convierte la información en decisión, depende de algo que ninguna directiva puede legislar: la capacidad de una organización para preguntarse qué va a hacer diferente gracias a lo que ahora sabe.

La verdadera prueba de madurez no llegará con el próximo ciclo de reporte. Llegará cuando el reporte deje de ser obligatorio para muchas de las empresas que hoy lo producen. Ahí, sin la presión del cumplimiento, quedará visible quién había integrado la sostenibilidad como herramienta de gestión. El Paquete Ómnibus no es solo una simplificación regulatoria. Es, involuntariamente, un test de estrés para la madurez real de la sostenibilidad corporativa en Europa.

América Latina lleva años haciendo ese test por necesidad. Sin red regulatoria, la pregunta de para qué sirve todo esto no tiene respuesta cómoda. Tienes que encontrarla en el negocio, o no la encuentras.

Liderazgo en sostenibilidad: una cuestión de gestión, no de divulgación

Una organización no es líder en sostenibilidad porque publica un informe extenso. Es líder porque gestiona bien lo que ese informe debería reflejar.

Según la quinta edición del EY Long-Term Value and Corporate Governance Survey (mayo de 2025), las empresas que integran la sostenibilidad en sus estrategias centrales confían un 40% más en sus perspectivas de negocio que aquellas que la gestionan de forma aislada. La integración no es un resultado del reporte. Es su condición de partida.

En conversaciones con equipos directivos europeos, la pregunta que más tiempo consume suele ser si están alineados con el cumplimiento regulatorio. Es una pregunta legítima y necesaria. Pero a medida que la regulación se simplifica y el contexto se hace más convulso; tensiones en rutas comerciales estratégicas, conflictos que reconfiguran cadenas de valor, presiones sobre el acceso a recursos; otra pregunta empieza a ganar terreno: qué decisiones concretas va a cambiar este análisis. Esa segunda pregunta siempre ha sido la que más tiempo consume en América Latina.

En entornos donde no había marco regulatorio que respaldara el esfuerzo, lo único que podía justificar la inversión en sostenibilidad era su impacto directo en la gestión. No había informe que sustituyera esa evidencia. El liderazgo, en ese contexto, no se declara. Se demuestra.

Impacto tangible: cuando el reporting se convierte en decisión

El verdadero valor del reporting no está en el informe. Está en todo lo que ocurre antes: las preguntas que obliga a formular, los datos que obliga a generar, las conversaciones que obliga a mantener entre áreas que históricamente han operado en silos.

Está en el momento en que alguien del equipo de finanzas pregunta por qué un riesgo hídrico identificado en el análisis de materialidad no aparece en el mapa de riesgos global. Está en la reunión donde el consejo de administración deja de preguntar “¿estamos cumpliendo?” y empieza a preguntar “¿qué nos dice esto sobre nuestra capacidad de crear valor?”.

Y en ese camino, la trayectoria latinoamericana, con todas sus brechas y contradicciones, ofrece una lección que vale la pena escuchar. No porque haya encontrado todas las respuestas. Sino porque ha aprendido a formular la pregunta esencial desde un lugar diferente: sin red regulatoria, con la presión del negocio como único argumento disponible: ¿Cómo utilizar la sostenibilidad para tomar mejores decisiones?

Esa es la conversación que importa. Y a medida que los primeros ciclos completos bajo CSRD se cierren y la madurez del reporte quede expuesta, veremos también cuán madura está la gestión que hay detrás. Porque al final, la sostenibilidad genera impacto tangible cuando deja de ser un ejercicio de reporte y pasa a formar parte de cómo una organización decide, invierte, prioriza y crea valor.

En conclusión

En definitiva, en la relación entre Europa y América Latina se está produciendo una suerte de efecto boomerang: Europa proyectó sobre América Latina su arquitectura de sostenibilidad, pero algunos mercados latinoamericanos nos devuelven ahora una lección interesante: al avanzar hacia esquemas de aseguramiento razonable ligados a ISSB, Brasil y México están reforzando precisamente el marco de confianza sobre la información de sostenibilidad que la propia Europa ha descartado en la reforma de la CSRD. Y esa paradoja recuerda que el verdadero valor del reporting no está en cumplir menos, sino en construir datos suficientemente fiables para decidir, invertir, crear valor y generar un impacto tangible.

Contenido relacionado

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad