La Comisión Europea volvió a intervenir sobre uno de los marcos regulatorios más sensibles para el comercio global de commodities: la normativa contra la deforestación (EUDR). A menos de un año de su entrada en aplicación, el organismo presentó un paquete de ajustes que apunta a simplificar su implementación, en respuesta a las objeciones planteadas por empresas, Estados miembros y países productores. El movimiento no modifica el objetivo de fondo —desvincular el consumo europeo de la pérdida de bosques—, pero sí introduce cambios relevantes en la forma en que se exigirá cumplirlo.

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El dato más significativo del informe oficial es la magnitud del recorte en los costos de cumplimiento. Bruselas estima que las medidas adoptadas permitirán reducir en torno al 75% la carga administrativa anual para las compañías alcanzadas. La cifra, que busca descomprimir tensiones con el sector privado, se apoya en una batería de simplificaciones técnicas, especialmente orientadas a operadores pequeños y microempresas. Sin embargo, la Comisión insiste en que el núcleo del sistema —basado en trazabilidad y debida diligencia— permanece intacto.
En ese equilibrio se juega buena parte de la credibilidad de la regulación. La EUDR obliga a las empresas a demostrar que productos como soja, carne, cacao o madera no provienen de tierras deforestadas recientemente. Para ello, deben reconstruir el recorrido de cada lote hasta su origen geográfico. Las nuevas guías publicadas por la Comisión buscan aclarar zonas grises que habían generado fricción, como el tratamiento del comercio electrónico o los requisitos de geolocalización. También se incorporan criterios más específicos para las etapas intermedias de la cadena de suministro, un punto crítico para industrias con múltiples eslabones.
Otro frente de ajuste es el alcance de los productos. El borrador de acto delegado introduce inclusiones y exclusiones selectivas: suma derivados como el café soluble o ciertos insumos vinculados al aceite de palma, mientras deja fuera otros bienes —como el cuero o los neumáticos recauchutados— y establece excepciones para muestras, materiales de embalaje o productos usados. Detrás de estas decisiones hay un intento de afinar la regulación para evitar efectos colaterales sobre sectores no directamente asociados a la deforestación, aunque el proceso sigue abierto a observaciones públicas.
Más allá de los cambios formales, la Comisión sostiene que la regulación ya está generando impactos anticipados. En particular, señala un aumento en las inversiones en sistemas de trazabilidad y un mayor nivel de transparencia en las cadenas de suministro. Estos movimientos, impulsados por la necesidad de cumplir con los futuros requisitos, podrían reconfigurar la competencia entre proveedores, favoreciendo a aquellos capaces de certificar prácticas productivas libres de deforestación.
El componente tecnológico también aparece como una pieza clave. La actualización del sistema de información —la plataforma donde se registrarán las declaraciones de debida diligencia— incorpora formularios simplificados, interfaces automatizadas y mecanismos de contingencia. Además, se prevé una mayor integración con bases de datos nacionales, lo que permitiría reducir la duplicación de información y aliviar la carga operativa, especialmente para actores de menor escala.
Con la entrada en vigor prevista para diciembre de 2026, la regulación europea se encamina a convertirse en un estándar de facto para el comercio internacional de ciertos commodities. La incógnita es si las simplificaciones alcanzarán para sostener el equilibrio entre exigencia ambiental y viabilidad económica. En ese terreno, cada ajuste técnico tiene implicancias políticas: define hasta qué punto Europa está dispuesta a imponer condiciones a sus socios comerciales en nombre de la sostenibilidad.


