Luis Ulla, cofundador y presidente del Consejo Consultivo de IARSE, planteó que la ética debe traducirse en criterios concretos para la toma de decisiones, mientras que la integridad exige mantener la coherencia con los principios incluso cuando hacerlo tiene un costo. También destacó el papel de la alta dirección en la construcción de una cultura organizacional basada en valores.

Foto: Luis Ulla, cofundador y presidente del Consejo Consultivo de IARSE.
Durante el taller “Ética e Integridad: de los principios a la gestión”, organizado por el Instituto Argentino de Responsabilidad Social y Sustentabilidad (IARSE), Luis Ulla abordó los principales desafíos que enfrentan las personas y las organizaciones al incorporar estos conceptos en sus prácticas cotidianas. Su exposición puso el foco en la relación entre ética, responsabilidad, integridad y cumplimiento normativo, y en la necesidad de articularlos para orientar las decisiones empresariales.
A partir de referencias filosóficas, históricas y culturales, Ulla propuso entender la ética no como un conjunto abstracto de principios, sino como una capacidad que se desarrolla mediante la reflexión, la empatía y el ejercicio cotidiano de tomar decisiones.
La ética como criterio para decidir
Uno de los ejes centrales de la exposición fue la necesidad de revisar los valores que orientan las decisiones. Ulla recuperó una pregunta que atraviesa buena parte de la reflexión filosófica: ¿quiénes somos? Trasladada al ámbito corporativo, la cuestión implica preguntarse qué valores definen a una organización y cómo se expresan en su manera de actuar.
En ese sentido, distinguió entre moral y ética. Mientras que la moral está vinculada con las normas y los valores que una sociedad transmite y que pueden cambiar con el tiempo, la ética supone un proceso personal de reflexión y maduración que permite evaluar las propias convicciones y actuar con autonomía.
Para explicar esta capacidad, retomó la definición de la filósofa Paola del Bosco, según la cual tener ética consiste en poder elegir lo mejor. También citó al filósofo y educador colombiano Bernardo Toro, quien relaciona la ética con la capacidad de desarrollar criterios para tomar decisiones frente a dilemas.
Estos dilemas aparecen cuando es necesario elegir entre alternativas que tienen valor, pero que pueden entrar en conflicto. En el ámbito empresarial, por ejemplo, una organización puede enfrentarse a la necesidad de sostener la producción y, al mismo tiempo, preservar los puestos de trabajo.
Ante estas situaciones, el desafío no consiste simplemente en distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, sino en contar con criterios que permitan evaluar las consecuencias de cada alternativa y tomar decisiones que respeten la dignidad propia y la de los demás.
Empatía y responsabilidad: reconocer al otro
Otro de los conceptos centrales fue la relación entre ética y empatía. Ulla recuperó una idea de Umberto Eco: la ética comienza cuando el otro entra en escena. Es decir, cuando las decisiones dejan de considerarse únicamente desde la perspectiva individual y empiezan a contemplar cómo afectan a otras personas.
En esta línea, destacó la importancia de ponerse en el lugar del otro como una forma de comprender distintas perspectivas y evaluar las consecuencias de las propias acciones. También incorporó el concepto de ética del cuidado, asociado con la atención a las necesidades ajenas y la disposición a colaborar.
Para ilustrar esta idea, mencionó una reflexión de la antropóloga Margaret Mead sobre el hallazgo de un fémur fracturado que había sanado. La recuperación de esa lesión habría sido posible gracias al cuidado recibido de otra persona, una señal de cooperación y solidaridad que Mead interpretó como una manifestación temprana de la civilización.
La reflexión permitió a Ulla subrayar que la ética requiere prestar atención a los demás, reconocer su humanidad y actuar en consecuencia. En las organizaciones, este enfoque supone considerar no solo los resultados económicos, sino también las personas y los entornos sobre los que repercuten las decisiones.
De la responsabilidad individual al impacto de largo plazo
Ulla también vinculó la ética con la responsabilidad. A partir del pensamiento de Erich Fromm, sostuvo que la libertad para elegir implica hacerse cargo de las consecuencias de las propias acciones.
Desde esta perspectiva, ética y responsabilidad son dimensiones inseparables: los valores orientan las decisiones, pero su relevancia se pone a prueba cuando se traducen en acciones y en la disposición a asumir sus efectos.
El expositor amplió este planteo al incorporar la dimensión temporal de la responsabilidad. Mientras la reflexión ética clásica pone el foco en las decisiones y sus consecuencias inmediatas, el pensamiento de Hans Jonas permite extender esa consideración hacia las generaciones futuras.
La evolución tecnológica y la capacidad de las organizaciones para producir impactos significativos hacen necesario incorporar esta perspectiva de largo plazo. Las decisiones empresariales no afectan únicamente a quienes participan directamente de ellas, sino también a otras personas, a la sociedad y a la naturaleza, incluidos quienes todavía no han nacido.
Para Ulla, esta mirada exige integrar la responsabilidad por los efectos presentes con la evaluación de las consecuencias futuras, un desafío especialmente relevante ante el creciente poder de la tecnología y los impactos de la actividad humana sobre el ambiente.
Integridad: sostener los principios incluso cuando tiene un costo
Al abordar la integridad, Ulla la definió como la coherencia entre los principios y las acciones. Ser íntegro implica mantenerse fiel a los valores propios incluso cuando hacerlo supone un costo personal.
En el ámbito organizacional, este principio requiere que las decisiones y las prácticas sean consistentes con los valores que la empresa declara. No alcanza con formular compromisos éticos o comunicar determinados principios: es necesario sostenerlos cuando entran en tensión con intereses, incentivos o resultados de corto plazo.
Ulla planteó que la integridad es lo opuesto a la hipocresía y la relacionó con la idea de no estar dividido entre lo que se sostiene y lo que efectivamente se hace.
Esta coherencia constituye una condición central para construir confianza. Una organización demuestra su integridad cuando sus decisiones reflejan sus compromisos y cuando sus integrantes encuentran criterios claros para actuar frente a situaciones complejas.
El papel de la alta dirección y la relación con el compliance
En el tramo final de su exposición, Ulla destacó la influencia de la alta dirección en la construcción de una cultura ética. A través del concepto de tone at the top, explicó que los líderes transmiten los valores que prevalecen en una organización no solo mediante sus declaraciones, sino, fundamentalmente, a través de sus comportamientos y decisiones.
La conducción establece así qué conductas se premian, cuáles se toleran y cuáles se rechazan. Cuando existe una distancia entre los principios comunicados y las decisiones de los máximos responsables, esa contradicción también se transmite al resto de la organización.
Por eso, el compromiso de los líderes resulta determinante para que la ética y la integridad formen parte de la gestión cotidiana y no queden limitadas a códigos de conducta o declaraciones institucionales.
Ulla concluyó con una distinción entre tres dimensiones complementarias. La gobernanza se relaciona con la capacidad de una organización para conducirse y tomar decisiones de manera autónoma; la integridad, con la coherencia entre los principios y las acciones; y el compliance, con el cumplimiento de las normas aplicables.
El desafío, sostuvo, consiste en articular estos tres componentes. El cumplimiento normativo establece una base necesaria, pero la gestión ética requiere, además, criterios para decidir y la voluntad de actuar de manera coherente con los valores asumidos.
De esta forma, la ética y la integridad dejan de ser conceptos abstractos para convertirse en referencias concretas de la gestión empresarial, capaces de orientar decisiones, definir comportamientos y contribuir a la sostenibilidad de las organizaciones en el largo plazo.


