Informe de Riesgos Globales (WEF): No incomoda. No sorprende. Confirma.

Así lo sostiene Sebastián Bigorito, director ejecutivo del CEADS, en este artículo de opinión que propone una lectura crítica y contextual del reporte, más atenta a lo que revela sobre el clima emocional, político y económico del sistema internacional que a su capacidad predictiva. Desde una mirada longitudinal y anclada en la experiencia corporativa, Bigorito invita a interpretar el informe no como un ejercicio de anticipación, sino como un reflejo institucional de un mundo marcado por la fragmentación, la incertidumbre y la necesidad de una sostenibilidad más madura y operativa.

El Global Risks Report 2025 se parece cada vez más a un ejercicio de social listening global. Más que anticipar escenarios disruptivos, captura con bastante precisión el estado emocional del sistema internacional: percepciones de fragmentación, tensiones geopolíticas, ansiedad social e incertidumbre económica. En ese sentido, registra más emociones que factos.

Una forma alternativa —y quizás más productiva— de leer los informes del WEF no es preguntarse qué nos dicen sobre el mundo, sino cómo el propio WEF está siendo impactado por la misma geopolítica que analiza. Los informes no son neutros: son productos institucionales situados en un contexto histórico específico. Y hoy ese contexto está marcado por conflictos, pérdida de confianza, fragmentación regulatoria y límites crecientes a la gobernabilidad global.

Esta mirada no es nueva. En CEADS analizamos el Global Risks Report desde hace más de una década, cuando ya formaba parte del panel de apertura de nuestros Kick-Off anuales, en un momento en que todavía no era un insumo extendido ni una referencia casi automática en el mundo corporativo. Esa lectura longitudinal permite observar con mayor claridad cómo el informe fue recalibrando su narrativa a medida que cambiaba el contexto global.

En materia climática, el énfasis se desplaza de la épica transformacional hacia la gestión de riesgos físicos. El cambio climático aparece formulado principalmente como un factor sistémico que impacta sobre infraestructura, economías y sociedades. La adaptación, la resiliencia y la capacidad de absorción de shocks ganan centralidad frente a la lógica de metas y cronogramas.

Algo similar ocurre con transición energética. El foco se corre hacia el trilema energético y su cambio de baricentro: mayor peso relativo de la seguridad del suministro y la estabilidad del sistema, sin abandonar el objetivo de sostenibilidad. En ese marco, se observa una relectura del rol de los hidrocarburos, no como solución permanente, sino como insumo transicional relevante dentro de una transición aditiva y gestionada.

En el plano regulatorio, los informes del WEF ya no presentan la regulación como solución central. La preocupación se concentra en la fragmentación, la falta de coordinación entre jurisdicciones y la creciente incertidumbre. El compliance deja de operar como “zanahoria” automática y pasa a evaluarse en función de su viabilidad política, económica e institucional. La ambición normativa cede espacio a un pragmatismo regulatorio más atento a la ejecutabilidad.

Acerca del Reporting ESG muestra señales de maduración. Se reduce la centralidad simbólica del disclosure entendido como señal de virtud corporativa —un rastro genético de la antigua agenda de RSC— y se rescata su utilidad herramental. La información deja de ser un fin en sí mismo y se consolida como insumo para la toma de decisiones bajo condiciones reales de complejidad.

En materia social, los Derechos Humanos aparecen cada vez más integrados al análisis de tensiones sociales, conflictividad y cohesión. El foco se desplaza desde el cumplimiento declarativo hacia su impacto en la estabilidad y la continuidad operativa. La gestión responsable se vincula de manera directa con la licencia social para operar.

Finalmente, las cadenas de valor dejan de analizarse exclusivamente en términos de eficiencia y costos. Los informes del WEF las presentan como infraestructuras críticas, expuestas a shocks geopolíticos, climáticos y sociales. La resiliencia, la diversificación y la redundancia ganan peso frente a la optimización extrema.

Todo esto es, por supuesto, una lectura necesariamente sesgada. Sesgada por las canas que peino y por el uso sostenido de estos marcos a lo largo del tiempo. Una mirada que intenta leer los informes del WEF no como textos predictivos, sino como artefactos institucionales situados en su contexto histórico.

Desde esa perspectiva, el World Economic Forum —como también el World Business Council for Sustainable Development y las organizaciones empresarias que integran su red— no están recalibrando la narrativa de la sostenibilidad por conveniencia ni por una nueva corrección política. Lo hacen por una lectura cada vez más realista del contexto en el que las empresas operan.

El llamado RESET de la agenda de sostenibilidad corporativa no expresa un retroceso. Expresa madurez. Una sostenibilidad menos ideológica y más independiente, más cercana a su anclaje fundacional con la excelencia operativa y la eficiencia, y claramente más útil como herramienta institucional para gestionar riesgos, sostener la licencia social para operar, innovar y desarrollar proyectos.

Tal vez ese sea el mensaje más relevante de este momento: la sostenibilidad ya no necesita proclamarse. Necesita, simplemente, más gestión.

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