Qué reflexiones y aportes dejó la Reunión Inicial de Miembros IARSE 2026

Durante marzo, el IARSE reunió a referentes de empresas y organizaciones en dos encuentros —uno en Buenos Aires y otro en Córdoba— que dejaron al descubierto un diagnóstico compartido: la agenda de sostenibilidad atraviesa una etapa de transición, marcada por mayores exigencias externas, menos recursos internos y la necesidad de reconstruir consensos.

Las reuniones, realizadas en las sedes de Grupo Arcor y Coca-Cola Andina, funcionaron como espacios de intercambio entre pares donde emergieron tensiones, pero también pistas sobre cómo podría reconfigurarse el rol de la sostenibilidad en el mundo corporativo.

Del consenso a la fragmentación

Uno de los ejes más reiterados fue el cambio de clima respecto de años anteriores. Según los participantes, la “épica” que impulsaba temas como el cambio climático o la diversidad perdió fuerza, dando paso a un escenario más fragmentado.

En ese contexto, el desafío ya no pasa solo por impulsar iniciativas, sino por reconstruir acuerdos básicos y marcos éticos compartidos, muchas veces adaptados a cada sector. La credibilidad, coincidieron, se vuelve un activo crítico: promesas incumplidas o metas sobredimensionadas erosionan la confianza en toda la agenda.

Sostener compromisos en contextos adversos

Frente a escenarios políticos y regulatorios cambiantes, varias empresas señalaron la necesidad de sostener compromisos asumidos previamente, especialmente aquellos vinculados a estándares internacionales o principios corporativos.

Aquí, el rol del liderazgo aparece como determinante. El respaldo desde la alta dirección —el llamado “tone at the top”— fue identificado como un factor clave para evitar retrocesos cuando el contexto se vuelve menos favorable.

La presión por demostrar valor

Tanto en Buenos Aires como en Córdoba emergió un consenso: la sostenibilidad necesita probar, cada vez más, su impacto en el negocio. Ya no alcanza con la narrativa reputacional.

Cuando las iniciativas logran vincularse con acceso a financiamiento, cumplimiento de requisitos de clientes o participación en licitaciones, la agenda gana legitimidad interna. En paralelo, las crisis operan como un filtro que distingue entre organizaciones con compromisos genuinos y aquellas que adoptaron la sostenibilidad como tendencia.

Menos recursos, más exigencias

En Córdoba, este punto se volvió particularmente visible. Las demandas externas —especialmente en cadenas globales de valor— no solo se mantienen, sino que en algunos casos aumentan. Sin embargo, las áreas de sostenibilidad enfrentan equipos más reducidos, presupuestos limitados y mayores presiones para priorizar.

El resultado es una tensión estructural: hacer más, con menos.

El riesgo del “checklist”

Otra preocupación transversal fue la posibilidad de que la sostenibilidad derive en un ejercicio meramente formal. Algunos participantes advirtieron que, en ciertos entornos, la agenda corre el riesgo de transformarse en un conjunto de requisitos a cumplir, perdiendo su impulso transformador.

Este diagnóstico convive con otro desafío: la creciente complejidad de métricas, estándares y reportes. Si bien se reconoce una mayor profesionalización, también surge la inquietud de que el foco se desplace hacia el cumplimiento técnico en detrimento del impacto real.

Volver a explicar, volver a convencer

En este nuevo escenario, las áreas de sostenibilidad enfrentan una tarea adicional: revalidar su sentido dentro de las organizaciones. Convencer a directivos, movilizar equipos y comunicar resultados concretos se vuelve parte central del trabajo cotidiano.

La agenda, sugieren los testimonios, necesita recuperar capacidad de movilización interna.

Integración, colaboración y formación

Pese a las tensiones, los encuentros también dejaron señales de oportunidad. La integración de la sostenibilidad en el ADN organizacional aparece como condición para sostenerla en contextos adversos: cuando forma parte de la estrategia central, resiste incluso en momentos de crisis.

A esto se suma la importancia del aprendizaje colectivo entre empresas, un rol que el IARSE busca potenciar como espacio de intercambio.

En Córdoba, además, se subrayó la necesidad de una mayor articulación entre actores —Estado, sector privado y sistema financiero— para abordar desafíos que exceden a una sola organización.

Finalmente, emergió una preocupación de largo plazo: la formación. La escasa presencia de la sostenibilidad en etapas educativas tempranas obliga a muchas empresas a formar talento ya en el ámbito profesional, lo que abre interrogantes sobre la construcción cultural de la agenda hacia adelante.

Un punto de inflexión

Las dos reuniones iniciales del IARSE dejaron una conclusión implícita: la sostenibilidad corporativa ya no se mueve por inercia. En un contexto más exigente y menos uniforme, su continuidad dependerá de la capacidad de las empresas para demostrar valor, sostener compromisos y redefinir su propósito.

Más que un retroceso, los participantes describieron un punto de inflexión. Uno en el que la agenda deberá pasar de la expansión a la consolidación, y de la promesa a la evidencia.

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