En un reciente artículo de opinión, Georg Kell, director ejecutivo fundador de Pacto Global, y Andreas Rasche, profesor y decano asociado de Copenhagen Business School, plantean que la promesa que albergó durante años la sostenibilidad empresarial —la idea de que es posible “hacer el bien” mientras se maximizan beneficios— ya no resiste el contraste con la realidad económica y política actual. El problema de la narrativa, y la necesidad de desplazar el eje desde la rentabilidad inmediata hacia la resiliencia.

Foto: Georg Kell, director ejecutivo fundador del Pacto Global de las Naciones Unidas.
El argumento que plantean no es retórico. Durante más de dos décadas, la noción de “crecimiento verde” funcionó como justificación central para movilizar inversiones en descarbonización, innovación tecnológica y responsabilidad social. Ese marco asumía un entorno relativamente estable, con reglas previsibles, mercados integrados y políticas públicas alineadas. Ese entorno, sostienen, dejó de existir.
La fragmentación geopolítica, los conflictos armados y el giro de las principales economías hacia agendas de seguridad y autosuficiencia están reordenando prioridades. En ese proceso, la sostenibilidad pierde centralidad como criterio de decisión. La evidencia que citan es directa: cada vez menos empresas pueden sostener que estas iniciativas generan beneficios netos claros. El supuesto “win-win” aparece, en muchos casos, como una simplificación que omite costos, tensiones operativas y horizontes de retorno inciertos.
El problema, según el análisis, no es solo de contexto, sino de narrativa. La sostenibilidad corporativa quedó atrapada en un relato que promete resultados simultáneos y sin fricciones, mientras las compañías enfrentan presiones de corto plazo cada vez más intensas. En ese desajuste, las decisiones tienden a priorizar la supervivencia inmediata.
Frente a este escenario, Kell y Rasche proponen un giro conceptual: desplazar el eje desde la rentabilidad inmediata hacia la resiliencia. No como consigna, sino como criterio operativo. Bajo esta lógica, la sostenibilidad deja de justificarse únicamente por su potencial de generar valor futuro y pasa a evaluarse por su capacidad de reducir exposición a riesgos concretos.
Los ejemplos que describen son elocuentes. La transición energética ya no puede leerse solo en términos de costos relativos, sino como una respuesta a la volatilidad estructural de los combustibles fósiles y a las tensiones geopolíticas que condicionan su acceso. En la agricultura, la adopción de prácticas regenerativas no responde únicamente a estándares ambientales, sino a la necesidad de estabilizar sistemas productivos frente a disrupciones en insumos clave. La economía circular, por su parte, emerge menos como una innovación “verde” y más como una estrategia para acotar dependencias críticas.
Incluso en el plano social, el argumento se endurece. En sociedades atravesadas por la polarización, las políticas de inclusión y derechos humanos dejan de ser únicamente declaraciones de principios para convertirse en factores que inciden sobre la estabilidad de los mercados en los que operan las empresas.
Sin embargo, el planteo no exime de una tensión central. Reorientar la sostenibilidad hacia la resiliencia no resuelve el dilema de fondo: cómo sostener inversiones de largo plazo en un entorno dominado por métricas de desempeño inmediato. Los impactos del cambio climático ya están alterando costos, cadenas de suministro y condiciones operativas, mientras que la innovación tecnológica acelera la competencia en sectores clave. El riesgo de inacción es creciente, pero también lo es la dificultad de justificar decisiones que no ofrecen retornos visibles en el corto plazo.
En ese cruce, la narrativa tradicional queda expuesta. La idea de que la sostenibilidad es, por definición, un buen negocio resulta insuficiente para explicar decisiones en contextos de incertidumbre estructural. Para los autores, el ajuste no pasa por abandonar ese enfoque, sino por ampliarlo: incorporar explícitamente los costos, los riesgos y los plazos reales bajo los cuales operan las empresas.
La conclusión es menos optimista que pragmática. En un escenario más inestable, la sostenibilidad ya no puede sostenerse solo como promesa de valor compartido. Debe presentarse, también, como una condición para resistir. Porque en ausencia de esa capacidad, advierten, la discusión sobre crecimiento —verde o no— pierde relevancia frente a una prioridad más básica: la continuidad del negocio.


