La industria global de la moda volvió a aumentar sus emisiones y enfrenta una tensión cada vez más difícil de resolver: aunque la producción se está volviendo menos intensiva en carbono, la velocidad de esa mejora no alcanza para compensar el crecimiento de la actividad. Esa es una de las principales conclusiones de “Taking Stock of Progress Against the Roadmap to Net Zero 2026”, el nuevo estudio del Apparel Impact Institute (Aii).

Según el informe, las emisiones de la cadena de valor global de la indumentaria aumentaron 6,3% entre 2023 y 2024, lo que representa el segundo incremento consecutivo. El principal factor detrás de esta evolución fue el crecimiento en el uso de fibras para fabricar prendas, especialmente de poliéster de origen fósil.
El dato vuelve a poner en discusión uno de los principales desafíos de la transición climática del sector: mejorar la eficiencia de cada unidad producida no necesariamente se traduce en una reducción de las emisiones totales cuando el volumen de producción continúa creciendo.
El estudio actualiza el análisis que Aii y el World Resources Institute (WRI) publicaron originalmente en 2021, cuando plantearon una hoja de ruta para que la industria redujera sus emisiones 45% para 2030 y alcanzara emisiones netas cero en 2050. Desde entonces, Aii actualiza anualmente el diagnóstico con la información disponible sobre la evolución de la cadena de valor.
La energía aparece como una de las principales palancas
Frente al crecimiento de las emisiones asociado al aumento de la producción, el informe identifica a la descarbonización de la energía como una de las vías más concretas para reducir las emisiones operativas y fortalecer la resiliencia de las empresas.
La industria ya cuenta con ejemplos que muestran que estas tecnologías pueden implementarse a escala. En 2025, aproximadamente 33% de la energía utilizada por las fábricas principales de PUMA provenía de fuentes renovables, por encima de su objetivo de alcanzar 25%.
También se destaca el caso de Shenzhou International Group Holdings, uno de los grandes fabricantes de prendas del mundo. La compañía informó que en 2024 más del 60% de su consumo total de electricidad provenía de fuentes renovables y que diez de sus fábricas funcionaban con electricidad 100% renovable. Entre 2020 y 2024, además, redujo 16,8% sus emisiones de Alcance 1 y 2.
Otro ejemplo aparece en la cadena de suministro de H&M Group. Entre 2022 y 2025, la empresa redujo de 118 a apenas 10 el número de fábricas de proveedores Tier 1, 2 y 3 que utilizaban calderas de carbón en sus instalaciones.
Estos casos muestran que existe capacidad para avanzar en la descarbonización industrial. Pero, para Aii, el desafío ya no consiste únicamente en identificar soluciones sino en replicarlas y llevarlas a una escala mucho mayor.
El problema está también en los proveedores
Una de las dificultades estructurales que identifica el informe es que buena parte de las emisiones de la industria se concentra en los proveedores. Son, precisamente, quienes suelen tener mayores dificultades para financiar las inversiones necesarias para transformar sus operaciones.
Los fabricantes enfrentan restricciones vinculadas con el acceso al capital, la disponibilidad de tecnologías, el acceso a energías renovables en determinados países y las limitaciones de las redes eléctricas.
Por eso, el informe plantea que la descarbonización no puede quedar exclusivamente en manos de los proveedores. Las marcas, las instituciones financieras, los gobiernos y otros actores de la cadena deberán compartir parte de los costos y riesgos de la transición.
La cuestión financiera adquiere así una dimensión central. Para que las inversiones en eficiencia energética, electrificación o energías renovables sean viables, Aii propone mejorar el acceso de los proveedores al financiamiento climático, acompañarlo con compromisos de compra de mayor plazo por parte de las marcas y alinear las relaciones comerciales con los objetivos de descarbonización.
De los compromisos a las fábricas
El nuevo informe plantea cuatro prioridades para acelerar la reducción de emisiones.
La primera es pasar de los compromisos a la implementación concreta a nivel de instalaciones. Las estrategias climáticas deben traducirse en proyectos específicos de eficiencia energética, generación o compra de electricidad renovable y electrificación de procesos térmicos. El foco debería estar especialmente puesto en las operaciones intensivas en energía y calor de los proveedores Tier 2.
La segunda consiste en financiar y habilitar la acción de los proveedores. Según Aii, la responsabilidad económica y operativa de la descarbonización no puede recaer únicamente sobre los fabricantes. El acceso a financiamiento, los compromisos de compra de largo plazo y una relación comercial compatible con los objetivos climáticos son condiciones necesarias para acelerar las inversiones.
La tercera prioridad es medir, replicar y escalar las soluciones que funcionan. El sector ya cuenta con experiencias concretas, pero muchas permanecen como casos aislados. El desafío es convertir esos proyectos en prácticas habituales mediante resultados verificables, intercambio de aprendizajes y mediciones consistentes.
La cuarta apunta al problema más difícil: reducir las emisiones absolutas mientras se enfrenta el crecimiento de la producción.
El límite de mejorar la intensidad de carbono
Este último punto concentra una de las principales advertencias del estudio. Una industria puede producir cada prenda con una menor huella de carbono y, al mismo tiempo, aumentar sus emisiones totales si fabrica muchas más prendas.
Por eso, para Aii, la mejora de la intensidad de carbono de la producción es necesaria, pero no suficiente. La reducción de las emisiones absolutas requiere que la descarbonización de las fábricas avance en paralelo con cambios en los materiales y modelos de negocio.
El informe propone, en ese sentido, impulsar modelos de economía circular junto con mejoras en los materiales, la eficiencia energética y la reducción de la intensidad de carbono de las operaciones.
El desafío para la industria de la moda es, por lo tanto, doble: acelerar la transformación energética de una cadena de suministro global que todavía depende ampliamente de combustibles fósiles y, al mismo tiempo, abordar las dinámicas de crecimiento que están aumentando la demanda de fibras y prendas.
El balance de 2026 deja una señal incómoda para una industria que mantiene compromisos climáticos de largo plazo: la producción se está volviendo más eficiente, pero todavía no lo suficientemente rápido como para que esa eficiencia se traduzca en una caída de las emisiones totales.
La próxima etapa de la descarbonización dependerá menos de anunciar nuevos compromisos y más de convertirlos en inversiones concretas dentro de las fábricas, movilizar capital hacia los proveedores y conseguir que las soluciones que ya demostraron funcionar dejen de ser excepciones para convertirse en la norma de la cadena global.


