Cómo abordar la sostenibilidad en la era de la divergencia

La transición hacia una economía más sostenible no avanza a una velocidad uniforme. Mientras algunas tecnologías superaron ampliamente las expectativas de hace una década, otras quedaron lejos de las proyecciones y enfrentan obstáculos tecnológicos, regulatorios o de adopción. Para Bain, esta divergencia está modificando la forma en que los CEO deberían decidir dónde invertir, qué tecnologías monitorear y de cuáles retirarse.

El análisis, incluido en el informe “2026 CEO Sustainability Report”, cuestiona la idea de que la sostenibilidad atraviesa un período generalizado de retroceso. Según Bain, durante la última década se destinaron alrededor de US$17 billones a tecnologías sostenibles por parte de empresas privadas y gobiernos. La cifra supera en aproximadamente US$4 billones el ritmo de inversión que se esperaba en 2015. Solo en 2025, las inversiones alcanzaron un récord de US$2,4 billones, después de haber crecido a una tasa anual del 15% entre 2020 y 2023. Actualmente, el crecimiento ronda el 7%.

Sin embargo, el volumen de capital movilizado no se tradujo de manera uniforme en resultados. Bain sostiene que las distintas transiciones tecnológicas comenzaron a avanzar a velocidades muy diferentes y que esta divergencia será aún más marcada durante la próxima década. Para los CEO, el desafío pasa menos por determinar si la sostenibilidad continuará avanzando y más por identificar dónde, cuándo y bajo qué condiciones determinadas tecnologías pueden alcanzar escala y generar valor empresarial.

Una inversión concentrada

Uno de los principales hallazgos del análisis es la fuerte concentración del capital. Cerca del 90% de las inversiones en tecnologías sostenibles durante la última década se dirigió a tres sectores con economías ya probadas y curvas de costos decrecientes: energía verde, edificios y movilidad. La energía verde por sí sola concentró el 57% del total.

En cambio, sectores con una participación significativa en las emisiones globales recibieron una proporción mucho menor de los recursos. Agricultura y uso del suelo, junto con manufactura y materiales, representan aproximadamente el 37% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, pero captaron menos del 10% de la inversión sostenible durante el período analizado. Para Bain, este desequilibrio puede aumentar los riesgos a medida que los efectos del cambio climático afectan la producción agrícola y convierten la transformación del sistema alimentario también en una cuestión de seguridad alimentaria.

Los resultados económicos también fueron dispares. Mientras algunas inversiones en proteínas alternativas, hidrógeno y empresas vinculadas a baterías registraron hasta ahora retornos mínimos o negativos, las energías renovables —que recibieron la mayor cantidad de capital— ofrecieron retornos sólidos en un contexto de aumento de los precios de los combustibles fósiles.

La diferencia también aparece cuando se mide el impacto ambiental. Bain señala que los aproximadamente US$1,8 billones invertidos en energía verde en Europa contribuyeron a reducir un 42% las emisiones del sector energético durante la última década. En contraste, los US$450.000 millones destinados a movilidad verde durante el mismo período se asociaron hasta ahora con un aumento neto del 1% en las emisiones del transporte.

Solo tres de 37 tecnologías superaron ampliamente las expectativas

El desempeño de las tecnologías también evidencia la magnitud de la divergencia. El Green Technology Performance Index de Bain, que compara los niveles de despliegue alcanzados en 2025 con las proyecciones realizadas en 2015 para 37 tecnologías, muestra que una pequeña cantidad de soluciones —entre ellas la energía solar, las baterías y los vehículos eléctricos— superaron las previsiones, mientras que la mayoría quedó por debajo de las expectativas.

El análisis identifica una explicación común para buena parte de los casos que no alcanzaron la escala prevista: uno de tres factores críticos no logró desarrollarse al ritmo necesario. Bain los denomina “gates” o puertas de acceso a la escala: tecnología, política y comportamiento. Cuando una de ellas permanece cerrada, una tecnología puede quedar atrapada sin alcanzar una economía positiva, incluso si existe una oportunidad ambiental relevante.

El caso del hidrógeno verde ilustra el problema tecnológico. La falta de una oferta suficiente y de bajo costo dificultó el desarrollo de acero verde competitivo a escala industrial y también afectó aplicaciones como el amoníaco verde y los combustibles de cero emisiones. En el transporte, en cambio, los vehículos eléctricos a batería lograron una ventaja en costos, infraestructura y adopción de consumidores que dejó a los vehículos de hidrógeno en un nicho.

La política puede cumplir un papel igualmente determinante. Bain señala que en Escandinavia el respaldo público sostenido contribuyó a que las bombas de calor se convirtieran en la principal alternativa de calefacción, mientras que en otros mercados las políticas fueron demasiado fragmentadas o débiles para generar una escala comparable.

El tercer factor es el comportamiento. Una tecnología puede ser viable y contar con apoyo regulatorio, pero no alcanzar escala si los usuarios no la adoptan. El informe menciona como ejemplo las mejoras de eficiencia energética en edificios, donde los propietarios pueden tener pocos incentivos para invertir porque los principales ahorros recaen sobre los inquilinos. En proteínas alternativas, el desafío ha sido conseguir una combinación de sabor, textura y precio suficientemente atractiva para los consumidores.

De la certeza a la convicción

Para Bain, este escenario modifica el criterio con el que los CEO deberían analizar las inversiones. El objetivo no es predecir el futuro con certeza, sino construir convicción sobre la velocidad probable de cada transición y las condiciones necesarias para que alcance escala.

El informe propone construir un mapa de las tecnologías relevantes para cada negocio y cadena de valor, considerando su potencial de desarrollo, capacidad de reducción de emisiones y las barreras que todavía deben superarse.

Dentro de ese mapa aparecen los “steady scalers”, tecnologías como solar, eólica y vehículos eléctricos a batería, cuyo crecimiento continuará y que serán relevantes para la descarbonización, aunque con trayectorias diferentes según cada región.

También están los “rapid accelerators”, tecnologías con capacidad para crecer rápidamente si se destraba alguno de sus principales obstáculos. El hidrógeno verde es uno de los ejemplos: avances en electrolizadores y acceso a electricidad renovable de bajo costo podrían modificar su competitividad y generar efectos sobre industrias como el acero, los fertilizantes y los combustibles marítimos. En el caso de la detección y reparación de fugas de metano, el principal obstáculo identificado es regulatorio, por lo que una normativa más sólida y consistente podría acelerar su adopción.

Un tercer grupo comprende los “sector plays”, tecnologías que probablemente no transformarán múltiples industrias, pero que pueden alterar significativamente la competencia dentro de sectores específicos, como la eficiencia energética de edificios o la agricultura vertical.

Invertir, monitorear o evitar

La consecuencia estratégica de esta divergencia es una modificación del enfoque de asignación de capital. Bain sostiene que el compromiso con la sostenibilidad ya no debería medirse por la amplitud de una cartera de inversiones, sino por la capacidad de concentrar recursos en las transiciones que resultan más relevantes para cada negocio y en aquellas donde existe convicción sobre la apertura de los factores necesarios para su desarrollo.

El informe plantea tres posibles posiciones.

La primera es “shape”, es decir, intervenir activamente para moldear una transición. En estos casos, las empresas pueden invertir antes de que exista consenso y trabajar simultáneamente sobre los obstáculos que impiden el desarrollo del mercado. Bain menciona el caso de Maersk, que puso en operación en 2023 un portacontenedores preparado para utilizar metanol y trabaja con proveedores y otros actores para resolver la limitada disponibilidad de combustibles verdes.

La segunda es “monitor”. Cuando una tecnología todavía no resulta suficientemente relevante o existe incertidumbre sobre cuándo se abrirán las condiciones necesarias para su crecimiento, las empresas pueden evitar comprometer grandes cantidades de capital y, en cambio, monitorear su evolución y prepararse para actuar cuando aumente la convicción.

La tercera es “avoid”: reconocer que determinadas tecnologías probablemente no tendrán un impacto significativo sobre el negocio y evitar destinar recursos a ellas. Bain cita como ejemplo a los fabricantes de automóviles que redujeron sus inversiones en vehículos eléctricos de pila de combustible cuando los vehículos eléctricos a batería demostraron ventajas en costos, infraestructura y preferencias de los consumidores.

Una agenda de sostenibilidad más selectiva

El planteo de Bain no supone que las empresas deban abandonar sus compromisos de sostenibilidad. Por el contrario, el informe sostiene que el volumen de inversión acumulado demuestra que la transición continúa, aunque sus resultados sean desiguales. El desafío consiste en comprender esa heterogeneidad y evitar tratar todas las tecnologías, mercados y sectores como si evolucionaran de la misma manera.

Para los CEO, la agenda que surge del análisis es más selectiva: actualizar continuamente la visión sobre las transiciones relevantes, identificar qué obstáculos están frenando cada una, fortalecer la convicción antes que esperar certezas, asignar capital de manera disciplinada y mantener capacidad de adaptación ante cambios tecnológicos, regulatorios o de comportamiento.

Después de una década en la que se movilizaron US$17 billones para impulsar tecnologías sostenibles, Bain plantea que el próximo ciclo estará determinado menos por la cantidad de capital disponible que por la capacidad de dirigirlo hacia las oportunidades donde las condiciones para escalar sean más favorables. La divergencia, en esta lectura, no constituye necesariamente una señal de que la transición esté detenida, sino una característica estructural que obliga a las empresas a diferenciar sus apuestas.

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