El consultor y referente global en sostenibilidad John Elkington sostiene que el mundo acaba de ingresar en una nueva etapa: la de la “hard sustainability”, una fase marcada por la seguridad energética, la rivalidad geopolítica y la intervención estatal. En un reciente artículo de opinión titulado “The Soft Sustainability Era Is Over”, el creador del concepto de “triple bottom line” argumenta que la guerra en el Golfo iniciada en febrero de 2026 terminó de quebrar las bases sobre las que se apoyó durante décadas la agenda global de sostenibilidad.

Foto: John Elkington, socio fundador y presidente ejecutivo de Volans.
Según Elkington, la “era soft” de la sostenibilidad se caracterizó por mecanismos voluntarios, consensos multilaterales y compromisos corporativos graduales. Fue el período en el que la transición energética se promovía principalmente a través de argumentos climáticos, reducción de costos tecnológicos y esquemas de autorregulación empresarial. Pero el nuevo escenario internacional —atravesado por conflictos armados, interrupciones energéticas y disputas por minerales críticos— estaría demostrando, a su juicio, que ese enfoque ya no alcanza.
El autor plantea que la llamada Tercera Guerra del Golfo no debe interpretarse solo como una interrupción temporal de la agenda climática, sino como el momento en que colisionan las expectativas construidas en torno a una transición ordenada y cooperativa con una realidad dominada por tensiones estratégicas y riesgos sistémicos. En ese contexto, la sostenibilidad dejaría de ser una cuestión asociada principalmente a reputación corporativa o compromisos voluntarios para convertirse en un asunto de seguridad nacional.
Uno de los principales cambios señalados por Elkington tiene que ver con la energía. El cierre del estrecho de Ormuz y el impacto sobre combustibles, fertilizantes y alimentos en Asia habrían acelerado una reinterpretación de la transición energética. Tecnologías como la energía solar, el almacenamiento eléctrico o las bombas de calor ya no serían impulsadas solo por razones climáticas, sino por la necesidad de reducir dependencias geopolíticas. El concepto de “transición energética”, afirma, comenzaría a ser reemplazado por el de “soberanía energética”.
Elkington también advierte que los minerales críticos —como litio, cobre, níquel o tierras raras— están dejando de ser simples commodities para transformarse en instrumentos de poder estatal. La creciente competencia entre bloques liderados por Occidente y China estaría configurando cadenas de suministro más cerradas, con controles de exportación, trazabilidad obligatoria y mayores tensiones comerciales. En paralelo, el regreso de proyectos mineros a países de la OCDE reabre conflictos con comunidades locales e indígenas, poniendo a prueba las promesas de una “transición justa”.
Otro de los puntos centrales del artículo es la creciente presión para incorporar las emisiones militares dentro de los sistemas internacionales de reporte climático. Elkington sostiene que el despliegue bélico y el rearme global vuelven insostenible la exclusión histórica de las fuerzas armadas de las métricas climáticas. En la próxima década, prevé, aumentarán las demandas para transparentar la huella de carbono del sector defensa y evaluar los costos ambientales de las nuevas estrategias militares.
El análisis también se detiene en el rol de los mercados financieros y de seguros. Frente al aumento de riesgos climáticos y geopolíticos, compañías aseguradoras y reaseguradoras pasarían a desempeñar un papel más influyente que muchos acuerdos multilaterales. En lugar de priorizar eficiencia y reducción de costos, las cadenas de suministro comenzarían a reorganizarse alrededor del concepto de resiliencia, incluso a costa de mayores emisiones en el corto plazo.
Para Elkington, este nuevo escenario coincide además con el debilitamiento de los consensos internacionales que dieron forma a la gobernanza climática de las últimas décadas. Las COP climáticas, los acuerdos multilaterales y los marcos voluntarios corporativos seguirían existiendo, pero perderían centralidad frente a políticas industriales, mecanismos de ajuste fronterizo de carbono y acuerdos bilaterales impulsados por intereses estratégicos.
El artículo sostiene que incluso el voluntarismo corporativo —uno de los pilares de la agenda ESG— está entrando en crisis. La salida de instituciones financieras de alianzas climáticas, la flexibilización de metas net-zero y el avance de litigios climáticos serían señales de que las iniciativas voluntarias ya no logran sostenerse sin regulaciones más duras y mecanismos obligatorios de cumplimiento.
En ese marco, Elkington plantea que la sostenibilidad del futuro estará menos asociada a consensos globales y más vinculada a conceptos como seguridad, resiliencia y soberanía. Lejos de abandonar los objetivos ambientales, propone reconocer que la transición ecológica requerirá mayor músculo político, nuevas coaliciones y un rol mucho más activo de los Estados.
La conclusión del autor es que el problema no es la desaparición de la sostenibilidad, sino el fin de una etapa basada en supuestos que hoy considera agotados. La nueva era, advierte, será más conflictiva, más coercitiva y con decisiones más difíciles. Y quienes continúen actuando bajo las reglas del viejo paradigma podrían quedar rezagados frente a un escenario global profundamente transformado.


