La OIT identifica progresos normativos y nuevas herramientas para proteger la salud mental de los trabajadores en diez países de la región. Sin embargo, advierte que la gestión efectiva de estos riesgos exige intervenir sobre la organización del trabajo, las jornadas, las cargas laborales y los mecanismos de supervisión.

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América Latina ha avanzado en el reconocimiento de la salud mental como parte de la seguridad y la salud en el trabajo, pero todavía enfrenta dificultades para prevenir los factores que pueden deteriorarla. La carga laboral excesiva, las jornadas prolongadas, la falta de autonomía, la inseguridad en el empleo y la violencia y el acoso continúan planteando desafíos para las políticas de prevención y la gestión de las organizaciones.
Así lo señala la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en la nota técnica “La promoción de entornos psicosociales saludables en el trabajo: Avances y desafíos en América Latina”, que sistematiza los progresos registrados durante la última década en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, México, Perú, República Dominicana y Uruguay.
El documento identifica avances en materia normativa, metodologías para detectar y evaluar riesgos psicosociales, instrumentos de prevención, inspección laboral y medidas contra la violencia y el acoso. También destaca las iniciativas impulsadas por organizaciones de empleadores y trabajadores. No obstante, advierte que contar con normas y herramientas no garantiza, por sí solo, que los riesgos se gestionen de manera efectiva.
El principal desafío consiste en trasladar los avances regulatorios a las condiciones concretas en las que se desarrolla el trabajo, mediante acciones preventivas que actúen sobre las causas de los problemas y no únicamente sobre sus consecuencias.
El impacto de los riesgos psicosociales en la salud
La dimensión del problema también se refleja en las estimaciones internacionales. Según datos conjuntos de la OIT y la Organización Mundial de la Salud (OMS), cinco factores de riesgo psicosocial relacionados con el trabajo —la tensión laboral, el desequilibrio entre esfuerzo y recompensa, la inseguridad en el empleo, las jornadas prolongadas y la intimidación laboral— están asociados con más de 840.000 muertes anuales en el mundo por enfermedades cardiovasculares y trastornos mentales. El 9,5% de esas muertes se produce en las Américas.
Otros indicadores muestran la extensión de las condiciones laborales potencialmente perjudiciales. Se estima que el 35% de las personas trabajadoras en el mundo cumple jornadas superiores a las 48 horas semanales. Además, casi el 23% ha experimentado al menos una forma de violencia o acoso durante su vida laboral, una proporción que supera el 34% en las Américas.
Estas cifras sitúan la salud mental en el trabajo más allá de una cuestión individual o de bienestar personal. La forma en que se distribuyen las tareas, se establecen los objetivos, se organizan los horarios y se ejerce la supervisión puede contribuir a generar entornos saludables o, por el contrario, aumentar la exposición a factores de riesgo.
“Cuidar la salud mental en el trabajo implica actuar sobre las causas de los riesgos psicosociales. No basta con ofrecer respuestas individuales: es necesario revisar cómo se diseña, organiza y gestiona el trabajo, con la participación de empleadores y trabajadores”, señaló Carmen Bueno, especialista en Seguridad y Salud en el Trabajo e Inspección Laboral de la Oficina de la OIT para el Cono Sur.
De la identificación a la prevención efectiva
Uno de los puntos centrales de la nota técnica es la diferencia entre identificar los riesgos psicosociales y actuar sobre ellos. Las evaluaciones y los instrumentos de diagnóstico constituyen pasos necesarios, pero deben traducirse en cambios en las condiciones de trabajo.
La OIT plantea que la prevención debe contemplar factores como las exigencias y responsabilidades asignadas, la carga y el ritmo de trabajo, el margen de autonomía de las personas, la organización del tiempo y los mecanismos de supervisión y control.
Este enfoque implica que la respuesta no puede descansar exclusivamente en programas de bienestar, capacitaciones para manejar el estrés o iniciativas dirigidas a mejorar las capacidades individuales de afrontamiento. Aunque estas medidas pueden contribuir a la salud de los trabajadores, no sustituyen las intervenciones colectivas y organizacionales necesarias para reducir los riesgos en su origen.
Para las empresas, el desafío supone incorporar la dimensión psicosocial a sus sistemas de seguridad y salud laboral, revisar las prácticas de gestión y establecer mecanismos que permitan detectar problemas y corregir las condiciones que los generan.
Género y diálogo social, dos dimensiones clave
La nota técnica también advierte sobre la necesidad de incorporar una perspectiva de género en la prevención. Las desigualdades presentes en el mercado laboral pueden incrementar la exposición a determinados riesgos psicosociales, mientras que actividades altamente feminizadas —como la salud, la educación, los servicios y los cuidados— presentan exposiciones relevantes a algunos de estos factores.
Considerar estas diferencias resulta importante para diseñar políticas que respondan a las condiciones reales de cada actividad y grupo de trabajadores, en lugar de aplicar medidas uniformes que no contemplen las distintas formas en que se manifiestan los riesgos.
Otro elemento señalado por la OIT es el diálogo social. La participación de los gobiernos y de las organizaciones de empleadores y trabajadores resulta fundamental tanto para diseñar políticas como para implementarlas y evaluar sus resultados. La consulta y la participación permiten vincular las medidas preventivas con los problemas que experimentan las personas en sus lugares de trabajo.
El desafío de convertir los avances en cambios concretos
La publicación del documento, en coincidencia con el Día Mundial de la Salud Mental, celebrado el 10 de octubre, refuerza la necesidad de integrar los riesgos psicosociales en los sistemas de prevención con un enfoque sistemático, comparable al aplicado a otros riesgos para la seguridad y la salud en el trabajo.
El panorama regional muestra progresos en el reconocimiento de estos riesgos y en el desarrollo de herramientas para abordarlos. Sin embargo, la efectividad de las políticas dependerá de su aplicación en los lugares de trabajo y de la capacidad de gobiernos y empresas para intervenir sobre los factores que afectan la salud mental.
Para la OIT, avanzar hacia entornos laborales saludables requiere pasar de la identificación de los riesgos a su prevención efectiva, con medidas organizacionales, participación de los trabajadores y un enfoque que contemple las desigualdades existentes. El objetivo es hacer efectivo el derecho fundamental a un entorno de trabajo seguro y saludable.


