La pregunta que lanzó Javier García Moritán, director ejecutivo del Grupo de Fundaciones y Empresas (GDFE), durante la XXIV Jornada Anual de la organización fue mucho más que una consigna para ordenar el debate: puso sobre la mesa una de las principales tensiones que atraviesan hoy al sector empresarial y filantrópico. ¿Alcanza con que cada organización cumpla de la mejor manera posible con su propia misión o llegó el momento de revisar las reglas, los incentivos y las fronteras que limitan la acción colectiva?

Foto: Javier García Moritán, director ejecutivo del Grupo de Fundaciones y Empresas (GDFE), exponiendo en la XXIV Jornada Anual de la organización.
Bajo el lema “Redefinir los límites”, más de 450 referentes del ámbito empresarial, social, público y académico se reunieron en el Centro Cultural de la Ciencia para discutir precisamente eso: cómo responder a problemas que desbordan las capacidades individuales y que difícilmente puedan resolverse desde iniciativas aisladas. La desigualdad, la pobreza, la polarización, la crisis climática y el debilitamiento de los vínculos sociales fueron parte del diagnóstico que atravesó las distintas intervenciones.
En su exposición, García Moritán propuso una lectura que fue más allá de la habitual convocatoria a trabajar en alianza. Su planteo apuntó a revisar algo más profundo: la manera en que las personas y las instituciones entienden sus responsabilidades. Para ello, recuperó una distinción del pensador Carlos Díaz entre tres formas de concebir la acción humana. La preconvencional, concentrada en el interés propio; la convencional, que extiende esa preocupación a la familia, los amigos y los grupos de pertenencia; y la postconvencional, que rompe esas fronteras y expresa una vocación genuina por la humanidad.
El desafío, sugirió, consiste en pasar de una lógica centrada en lo propio a otra capaz de reconocer que existen causas que no pueden quedar restringidas a los límites de una organización, una actividad o un mandato institucional. En esa misma dirección, recuperó la distinción de Henri Bergson entre una moral cerrada, basada en el cumplimiento de normas y obligaciones, y una moral abierta, asociada a la creatividad y a la capacidad de trascender los moldes establecidos. “Quizás necesitamos un poco más de moral abierta”, planteó, al proponer una nueva imaginación sobre las formas de actuar.
La reflexión tuvo también una dimensión institucional. Porque, aunque existe un consenso extendido sobre la importancia de articular esfuerzos, las organizaciones suelen desenvolverse bajo incentivos que no siempre favorecen esa colaboración. Se les pide construir alianzas, dialogar y compartir capacidades, pero al mismo tiempo se les exigen resultados inmediatos y beneficios que puedan atribuirse individualmente. La contradicción es evidente: se promueve la cooperación en el discurso, mientras las reglas de funcionamiento muchas veces siguen premiando el desempeño particular.
Para García Moritán, redefinir los límites implica entonces revisar esa falta de coherencia y preguntarse qué condiciones necesitan las instituciones para que la acción colectiva no dependa solamente de la voluntad o el esfuerzo extraordinario de algunos líderes. No se trata de abandonar las responsabilidades propias, sino de reconocer que cumplirlas ya no siempre alcanza.
De la colaboración como discurso a la acción colectiva
La distancia entre las buenas intenciones y los resultados concretos fue uno de los ejes que conectó la reflexión conceptual con las experiencias presentadas durante la jornada. En la apertura, Gustavo Castagnino, presidente de GDFE, puso el foco en la necesidad de pensar el desarrollo más allá de las coyunturas y comenzar a construir una perspectiva de largo plazo desde cada organización.
En ese sentido, destacó la evolución de GDFE, que nació hace casi tres décadas a partir de conversaciones entre cinco fundaciones donantes y hoy reúne a más de 100 empresas y fundaciones asociadas. Pero aclaró que el crecimiento no tiene sentido como un objetivo en sí mismo: el verdadero desafío es lograr que esa diversidad de integrantes se traduzca en iniciativas compartidas, evitando la superposición de esfuerzos y construyendo agendas comunes.
“Solo cada una desde su lugar no va a poder”, fue una de las ideas que atravesó el intercambio entre Castagnino y Lucía de la Vega, integrante de la Comisión Directiva de GDFE. La reconstrucción del tejido social y el acompañamiento a las transformaciones del sistema productivo argentino requieren, plantearon, una articulación más profunda entre el sector privado, las fundaciones, los gobiernos y los actores locales.
Un ejemplo concreto de lo que puede producir esa convergencia se encuentra en San Juan. Allí, una iniciativa de alfabetización impulsada por GDFE y sus organizaciones participantes logró alcanzar a las 800 escuelas primarias públicas de la provincia, es decir, la totalidad de los establecimientos de ese nivel, con un impacto directo sobre más de 70.000 estudiantes de los primeros grados. La experiencia reúne a 20 fundaciones que aportan recursos y capacidades para sostener un objetivo común.
La dimensión del resultado permite observar lo que cambia cuando la colaboración deja de ser una declaración de principios. Una organización puede desarrollar una intervención valiosa y transformar la vida de una persona; pero cuando varias instituciones coordinan sus recursos y conocimientos, la escala del impacto puede multiplicarse. Además, la participación de distintos actores permite distribuir responsabilidades y generar mayores posibilidades de continuidad, un factor decisivo cuando se trata de procesos educativos y sociales que necesitan tiempo para consolidarse.
GDFE también impulsa una experiencia en Río Negro, orientada a escuelas secundarias, que alcanza a unos 17.000 estudiantes. En ambos casos, el valor de la acción colectiva reside no solo en la cantidad de beneficiarios, sino también en la posibilidad de que organizaciones que podrían actuar de manera independiente —e incluso competir en determinados ámbitos— encuentren un terreno común para trabajar juntas.
Medir el impacto de lo que se construye entre muchos
Esa lógica también estuvo presente en el reconocimiento de las Experiencias de Acción Colectiva, una iniciativa que GDFE presentó durante la jornada para dar visibilidad a proyectos que demuestran el alcance de las alianzas. En esta primera edición participaron 33 fundaciones y empresas. En conjunto, las iniciativas reúnen a más de 1.700 actores y alcanzan directamente a más de 2.000 organizaciones de la sociedad civil, 9.000 escuelas y 2 millones de personas en las 24 provincias argentinas. También tienen presencia en 128 municipios y localidades.
La propuesta tiene una particularidad: no busca establecer un ranking ni premiar a una organización por encima de otra. Su propósito es identificar aprendizajes, visibilizar experiencias y mostrar qué sucede cuando las capacidades de distintos actores se ponen al servicio de un mismo objetivo. Las iniciativas fueron analizadas por un comité evaluador integrado por especialistas de diferentes ámbitos y sus resultados formarán parte de una publicación que GDFE presentará próximamente.
La conversación sobre los límites se extendió luego a otros territorios. El escritor e investigador Javier Argüello invitó a cuestionar los paradigmas con los que interpretamos la realidad y construimos nuestras certezas. Más tarde, el politólogo Andrés Malamud, la especialista en políticas públicas Gala Díaz Langou y el filósofo Martín Grassi debatieron sobre las fronteras de la imaginación política, los desafíos de la democracia y las condiciones necesarias para reconstruir la confianza y el sentido de pertenencia en sociedades cada vez más fragmentadas.
La jornada incorporó también la mirada de Lule Oke sobre la dimensión humana de los límites y una intervención de Tomás Sarquis, ilusionista y fundador de Caravana de Ilusiones, que trasladó la conversación al terreno del arte y la posibilidad de imaginar otros escenarios. También contó con la participación de María José Murcia, directora del MBA Full-Time del IAE Business School, quien puso el foco en el paso de las ideas a la acción.
Más que ofrecer respuestas definitivas, la XXIV Jornada Anual de GDFE dejó planteada una discusión sobre las condiciones que hacen posible la cooperación. En un escenario donde los problemas sociales no reconocen fronteras organizacionales, la pregunta ya no parece ser solamente cuánto puede hacer cada institución con sus propios recursos, sino qué está dispuesta a modificar para construir junto a otras.
Redefinir los límites, en definitiva, supone revisar las reglas que ordenan la acción, pero también cambiar la vara con la que se mide el éxito. Porque el impacto de una organización no necesariamente termina en aquello que consigue hacer por sí misma. También puede medirse por su capacidad de convocar a otros, compartir protagonismo y contribuir a resultados que ninguna de las partes habría podido alcanzar en soledad.




