La sostenibilidad corporativa atraviesa una etapa de profundos cambios, marcada por el retroceso de políticas ESG, la revisión de marcos regulatorios y un creciente énfasis en la competitividad empresarial. En este artículo de opinión, Sebastián Bigorito, director ejecutivo del CEADS, analiza las causas de esta transformación y sostiene que la agenda no está desapareciendo, sino transitando un proceso de recalibración. A su juicio, el desafío pasa por abandonar la expansión discursiva que caracterizó los últimos años para consolidar un enfoque más operativo, alineado con la gestión de riesgos, la creación de valor y las nuevas exigencias de los mercados.

Foto: Sebastián Bigorito, director ejecutivo del CEADS.
Que la sostenibilidad corporativa haya perdido visibilidad en los últimos dos años es innegable. También es cierto que ese repliegue no fue solo comunicacional: hubo retrocesos concretos en varias agendas, criterios de inversión ESG, regulación UE, diversidad e inclusión y en acción climática.
Muchos analistas explican estos retrocesos como el resultado de un nuevo contexto internacional: geopolítica, guerras, fragmentación global y polarización. Estos factores son relevantes, pero no alcanzan para explicar por sí solos la notable pérdida de centralidad de la agenda.
La hipótesis de este artículo es que el ciclo expansivo de la sostenibilidad ya mostraba signos de agotamiento por su propio sobrepeso narrativo, instrumental y regulatorio. Y si bien la geopolítica no creó esa fragilidad, sí precipitó su quiebre abrupto.
Por eso, más que estar ante una agenda en extinción, estamos ante una agenda en recalibración. Menos apoyada en la expansión discursiva que caracterizó su etapa anterior y más condicionada por un nuevo contexto de presión competitiva, fragmentación e incertidumbre. Para entender esa recalibración, conviene mirar algo de historia reciente.
Ciclo de consolidación
Entre 2010 y 2015 se consolidan las bases de lo que podríamos llamar la sostenibilidad corporativa moderna. La agenda deja de estar asociada principalmente a la política pública ambiental o al comando y control y empieza a integrarse con mayor claridad al mundo de la empresa, la gestión y la creación de valor.
Rio+20 expresa ese cambio de época al otorgar al sector privado un lugar protagónico. Se integra sin fricciones la agenda de la Responsabilidad Social Empresaria cristalizado en la ISO 26000. Suma una dimensión social más exigente con la consolidación de los Principios Rectores sobre Empresas y Derechos Humanos.
Se fortalecen herramientas concretas de reporte, siendo GRI el estándar globalmente aceptado.
Esta etapa se completa en 2015, en un clima todavía marcado por grandes consensos globales, con tres hitos de enorme densidad simbólica y política: la Agenda 2030, el Acuerdo de París y la encíclica Laudato Si.
Desde allí, la sostenibilidad corporativa ingresa en una etapa de mayor legitimidad, visibilidad y expectativas.
Ciclo expansivo
Los hitos de la etapa previa mostraban que, al menos en lo discursivo, la sostenibilidad corporativa moderna había ingresado al mainstream político global.
La agenda ya no tenía su domicilio legal solo en el sistema de Naciones Unidas, también fue alojada por la OCDE, el WEF, el G20, los mercados financieros, los reguladores y una creciente red de iniciativas público-privadas.
En muchos países la sostenibilidad dio un salto desde la agenda pública a la arena política. Durante algunos años, ese crecimiento fue virtuoso y relativamente armónico. La brecha entre ambición y acción parecía razonablemente desafiante.
Pero ese mismo clima de entusiasmo global fue terreno fértil para una expansión cada vez más difícil de ordenar. Estándares, normas, regulaciones, herramientas, pledges, compromisos públicos, alianzas e instituciones comenzaron a multiplicarse ya no de manera convergente, sino con una tendencia hacia la superposición y la divergencia.
El tiempo dio lugar a una proliferación instrumental difícil de mapear incluso para expertos. Esa efervescencia fue generando una infraestructura normativa, herramental y discursiva que comenzó a crecer a una velocidad superior a la capacidad real de las organizaciones.
Se produjo demasiado hardware instrumental: normas, estándares, metodologías, taxonomías, reportes, ratings y regulaciones. Pero el software organizacional — know-how, recursos, datos, procesos, coordinación interna y capacidad de gestión— no creció a la misma velocidad. Allí se produjo un desacople.
En paralelo, algunas agendas de sostenibilidad quedaron atravesadas por disputas políticas e ideológicas. Hubo convicción, pero también presión. En ciertos mercados, encontraron una vía de entrada a grandes empresas a través de proxy advisory firms. Hubo avances genuinos, pero también excesos.
En 2019, la Unión Europea aprobó el Pacto Verde, concebido como un gran plan de reconversión industrial en clave climática y ambiental. Entre 2021 y 2024, esa ambición derivó en un inédito proceso de hiperregulación, tan profundo como veloz que fue apodado como “tsunami regulatorio”. Una batería de normas convirtió en mandatorio lo que hasta entonces había sido, en muchos casos, estándar voluntario o herramienta de vanguardia.
Luego llegó la pandemia, que sumó otra capa de premisas voluntaristas: capitalismo de stakeholders, nuevo capitalismo, reconstrucción mejorada y otras fórmulas en el terreno de los enunciados.
Así se produjo una fuerte inflación narrativa. La sostenibilidad alcanzó probablemente su mayor pico de visibilidad histórica, mientras el trust in business caía y, paradójicamente, las expectativas depositadas sobre las empresas aumentaban. La agenda ganaba centralidad, pero una parte de esa centralidad estaba apalancada por el componente narrativo.
Esa inflación no fue solo discursiva o institucional. La proliferación de siglas, acrónimos y jerga volvió a la agenda más difícil de comprender y de apropiar. La sostenibilidad empezó a alejarse no solo del ciudadano común, sino también de muchas áreas dentro de las propias empresas que podían simpatizar con sus objetivos, pero no dominar su lenguaje.
El ciclo expansivo dejó una paradoja: la sostenibilidad ganó visibilidad, legitimidad e instrumentos; pero también acumuló sobrepeso narrativo, instrumental y regulatorio. Ese sobrepeso sería decisivo para entender la fragilidad con la que la agenda ingresó al siguiente ciclo.
Quiebre geopolítico y fase contractiva – Un shock de realismo
Hasta aquí, los principales hechos que hicieron de la sostenibilidad corporativa una agenda con un componente aspiracional sensiblemente superior a su componente operacional.
Si bien la fragilidad endógena explica el agotamiento del ciclo expansivo, es el shock externo lo que explica el quiebre en forma abrupta.
Era necesario un ajuste. De hecho, muchos referentes venían reclamando una corrección razonable para desnatar la agenda de sostenibilidad de su excesiva densidad simbólica, narrativa e instrumental. La agenda necesitaba menos promesa y más capacidad de gestión.
Pero claro, llegaron la guerra, la fragmentación geopolítica, la polarización social y política, la inflación, la seguridad energética y una nueva presión competitiva global. Esos factores precipitaron los tiempos. Lo que podría haber sido una transición gradual hacia una agenda más realista terminó siendo un quiebre abrupto de tendencias y el pasaje, sin demasiada transición, hacia una fase contractiva.
La guerra impactó inevitablemente sobre el trilema energético, postergando toda idea de transición energética lineal al estilo europeo. En Estados Unidos, el giro hacia el drill baby drill despejó obstáculos para el financiamiento del oil & gas y aceleró la revisión de varios criterios ESG aplicados por grandes fondos de inversión.
La polarización social dejó a las políticas de Diversidad e Inclusión y a la Agenda 2030 en medio de un fuego cruzado político y cultural.
Europa, por su parte, quedó expuesta a una presión competitiva creciente: shock energético, guerra comercial, desaceleración económica y brecha de productividad. Ese contexto puso en evidencia el costo burocrático de su reciente arquitectura regulatoria ESG, dando lugar a un proceso de flexibilización que terminó jibarizando buena parte de lo que se había conocido como el tsunami regulatorio europeo.
En síntesis, los factores externos no crearon la fragilidad de la agenda, pero la hicieron inocultable. El ciclo expansivo no tuvo un soft landing pero en su lugar tuvo un shock de realidad.
La recalibración de la agenda
Como vimos hasta acá, el ciclo expansivo de la sostenibilidad corporativa finaliza con una fractura provocada tanto por factores internos como externos. También vimos cómo esos impactos y retrocesos constituyeron una fase de contracción de una agenda que, en muchos aspectos, ya se encontraba bastante hipertrofiada.
Muchos analistas coinciden en que estamos ante el fin, no de la sostenibilidad, sino de un ciclo de expansión. Pero también estamos ante el inicio de una fase de recalibración de la sostenibilidad corporativa: una agenda que corrige gran parte de sus desequilibrios internos, al mismo tiempo que se ajusta a un nuevo orden global más fragmentado, competitivo e incierto.
Claro que, si la comparamos con el pico de centralidad que tuvo durante su apogeo narrativo, resulta notable su menor visibilidad. Pero esa centralidad estuvo apalancada por un fuerte componente aspiracional. Si comparamos la sustancia libre de espuma, el saldo neto de los últimos quince años sigue siendo claramente positivo.
Incluso la regulación europea, luego de su fuerte poda desregulatoria, deja una vara alta y desafiante para las empresas, que son en última instancia las destinatarias de todos estos instrumentos. La doble materialidad, el reporte, la debida diligencia, los riesgos físicos, la resiliencia en cadenas de valor, el acceso a mercados, el financiamiento y la licencia social no desaparecen.
Cambian de lugar en la arquitectura de los procesos decisorios dentro de las empresas y su governance.
Lo que comienza a verse es una agenda mucho más operativa, menos narrativa y más cercana a los negocios. John Elkington, creador del concepto “triple bottom line”, afirmó recientemente que la sostenibilidad ha dejado atrás una etapa más soft para ingresar en una fase más dura y material.
En muchos aspectos, la sostenibilidad vuelve a sus fundamentals: competitividad, eficiencia de procesos, excelencia operativa y gestión de riesgos. Una línea que, con otro lenguaje y en otro contexto, Michael Porter ya había planteado años atrás al conectar sostenibilidad, estrategia y ventaja competitiva.
Lo que cambia en esta nueva etapa son los business cases que legitiman su valor dentro de una compañía. El aspecto reputacional, si bien sigue siendo atractivo para algunos sectores, ya no alcanza por sí solo para volver estratégica a la agenda. En un escenario de desregulación ESG, el compliance tampoco parece suficiente como driver principal.
En cambio, para varias compañías e industrias, el acceso a mercados hoy sí representa un motor concreto para integrar la sostenibilidad en la gestión corporativa. Sectores expuestos a cadenas globales, normas de frontera o requerimientos de clientes seguirán enfrentando exigencias ambientales, sociales y de trazabilidad, aun cuando el lenguaje público de la sostenibilidad sea menos expansivo.
Algo similar ocurre con el financiamiento. Los organismos de crédito internacional, desde IFC hasta CAF, continúan sofisticando sus salvaguardas ambientales, sociales y de gobierno corporativo. También los bancos, aseguradoras e inversores incorporan cada vez más criterios asociados a riesgos físicos, continuidad operativa, gestión territorial y resiliencia de cadenas de valor.
Esto ayuda a explicar por qué el reporte de sostenibilidad, según datos recientes de la OCDE, sigue incrementando su adopción a nivel internacional a pesar de la coyuntura.
A nivel local también aparecen señales concretas. Varias provincias avanzan con regulaciones ambientales más exigentes, incluso en territorios fuertemente vinculados a actividades hidrocarburíferas. La agenda de gestión comunitaria y licencia social adquiere una complejidad creciente, tanto por nuevos procesos de permitting como por la relación con comunidades locales e indígenas, donde a las exigencias jurisdiccionales se suman los requerimientos de la banca multilateral.
La recalibración, entonces, no niega los retrocesos ni intenta restaurar nostálgicamente el ciclo expansivo. Ese ciclo terminó. Y terminó, en parte, porque había acumulado demasiada distancia entre ambición y realidad.
La recalibración será positiva si logra convertir este ajuste en una agenda más madura, más selectiva, más gestionable y más conectada con riesgos, competitividad, cadenas de valor, acceso a mercados, financiamiento, territorio y continuidad operativa.
El desafío es que esa mayor utilidad no la vuelva más estrecha. Porque la sostenibilidad debe acercarse a la competitividad y sin perder su propósito. En definitiva, sigue tratándose de crear valor de largo plazo, para la empresa. Pero también valor para las personas y para el planeta.


