Las empresas del G7 sostienen el compromiso con el net zero, pero cambian el discurso

Un nuevo estudio de BSI revela que las empresas del G7 no están abandonando sus metas de descarbonización, sino reformulando cómo las abordan y comunican. El informe, basado en una encuesta a más de 7.000 líderes empresariales, muestra que el objetivo de alcanzar emisiones netas cero sigue vigente, aunque bajo una narrativa más pragmática y orientada al negocio.

Foto: Susan Taylor Martin, CEO de BSI.

Según los datos relevados en febrero de 2026, el 83% de las compañías del G7 mantiene su compromiso con el net zero alineado con los objetivos nacionales, mientras que un 76% considera clave sostener el impulso de la transición. Sin embargo, el camino no está exento de tensiones: solo el 55% cree que efectivamente logrará cumplir esas metas, lo que evidencia una brecha creciente entre ambición y ejecución.

El estudio identifica un cambio de paradigma en la forma en que las empresas encaran la agenda climática. Frente a un entorno político polarizado, el 61% de los líderes reconoce haber modificado su discurso en torno al net zero durante el último año. Esta tendencia, que el informe denomina “climate coding”, implica presentar la descarbonización no solo como una responsabilidad ambiental, sino como una estrategia de resiliencia, gestión de riesgos y continuidad operativa.

La lógica empresarial detrás de esta transformación revela que el 78% de las compañías sostiene que avanzar hacia el net zero es positivo para el negocio, mientras que el 76% afirma estar impulsado por las expectativas de clientes y mercados. Al mismo tiempo, tres de cada cuatro ejecutivos consideran que los riesgos económicos de no transicionar son mayores que los de hacerlo, especialmente en un escenario global marcado por conflictos como el de Irán y la persistente volatilidad energética tras la invasión rusa a Ucrania.

En este contexto, el costo emerge como uno de los principales condicionantes. Solo la mitad de los líderes del G7 cree que la transición es alcanzable sin un impacto financiero desproporcionado, y el 77% considera que su industria deberá asumir más costos que otras. La suba sostenida de los precios de la energía aparece como la barrera más citada, en un entorno donde la incertidumbre regulatoria y la falta de incentivos claros dificultan la toma de decisiones de largo plazo.

A pesar de estos desafíos, el informe descarta un retroceso generalizado. En el último año, el 32% de las empresas revisó sus planes y el 33% ajustó sus objetivos, pero solo una minoría los pausó (14%) o abandonó (13%). En particular, en Estados Unidos, el 76% de las compañías afirma que seguirá tomando medidas para reducir emisiones, aunque con menor énfasis en la etiqueta “net zero”.

La investigación también pone en evidencia una demanda creciente hacia los gobiernos. El 83% de los líderes empresariales espera mayor apoyo estatal, especialmente en forma de incentivos financieros, estándares claros y guías sectoriales. La incertidumbre política —señalada por el 76% como un obstáculo para invertir con confianza— aparece como un factor que ralentiza, pero no detiene, la acción climática.

En paralelo, persisten brechas en la implementación concreta: apenas el 21% de las empresas ha invertido en energías renovables y solo una de cada cinco cuenta con planes avanzados de adaptación climática, aunque un tercio está en proceso de desarrollarlos.

Susan Taylor Martin, CEO de BSI, sintetiza el momento que atraviesan las organizaciones: la transición energética dejó de ser únicamente un imperativo ambiental para convertirse en una cuestión de supervivencia empresarial. “El costo de no invertir en net zero podría amenazar las operaciones en el largo plazo”, advierte, al tiempo que subraya la necesidad de cerrar la brecha entre ambición y acción mediante estrategias de adaptación y resiliencia.

El informe concluye que la transición hacia una economía baja en carbono no se detiene, pero sí se redefine. Las empresas avanzan hacia modelos más “a prueba de política”, integrando el riesgo climático en la planificación estratégica y buscando capturar el valor económico de la descarbonización. En ese proceso, el desafío ya no es solo fijar objetivos, sino construir las capacidades —financieras, regulatorias y operativas— para hacerlos realidad.

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